Rodrigo Parra

Software Developer, Data Scientist and Writing Aficionado

El amor en tiempos sin tiempo

Siendo las veinte horas subí derrotado al subte de la línea 7 que me llevaría, en una hora más o menos, al lugar de mi descanso casi sempiterno. Hipérbole la anterior, descansaría allí por un largo tiempo. Le llamaban el depósito de cariño. Ojalá estuviese ella también en el depósito. Pasé la palma de mi mano por el lector de proximidad, soporté el escáner facial como pude y me dejé caer en el primer asiento vacío que encontré.

— Hola, Domingo, te noto triste hoy. ¿Puedo ayudarte en algo? — dijo una voz femenina ligeramente robótica que solo yo escuché.

Respondí con un improperio al aire y con un gesto silencié a la asistente virtual, justo en el momento en que arrancaba un discurso sobre la importancia de la salud mental y los peligros de la depresión. Afuera ya era de noche; adentro también, pero la enceguecedora luz de los faros OLED daba al interior del vagón un carácter atemporal.

Me acompañaban solo tres personas, ya había pasado la hora pico para este trayecto. En la esquina izquierda, del lado opuesto a donde estaba sentado, una señora de edad y cabellos grises hablaba en voz demasiado alta con un interlocutor remoto. Contuve el impulso de recordarle lo innecesario de pronunciar las palabras, los detalles de la telepatía eran un desafío para la generación anterior. Cerca de la otra esquina, todavía del lado opuesto al mío, un señor calvo dormitaba y dejaba ver parte de su abdomen laxo a través de una camisa abotonada solo a medias, como desquitándose de un día demasiado largo. Finalmente, del mismo lado que yo y más cerca de lo que hubiese elegido de haberme percatado antes, un joven gótico se entretenía mirando una película con los ojos cerrados, sus párpados iluminados lo delataban, la erección que se marcaba en sus pantalones vaqueros revelaba un poco más de la naturaleza del filme de lo que hubiese deseado saber. Me recordaba además esto último un poco mi desgracia.

Se sucedieron dos estaciones con mis pensamientos vagando en desvaríos similares a los anteriores, no sin intención de mi parte. Hacía, mentalmente, un esfuerzo opuesto al de aquel que entrecierra los ojos intentando percibir algo un poco más allá. Desenfocar la conciencia, eso era. Para la tercera ya solo pensaba en ella. Pensé en escribirle pero desistí enseguida, ¿llamarle tal vez?, ¿y para qué? La próxima vez que nos viésemos el tiempo ya nos habrá vuelto extraños. Maldije mi viaje, y el depósito, pero las reglas eran las reglas. Eran estas reglas, entre otras muchas, las que hicieron del mundo lo que es hoy.

Si la noche no hubiese sido tan oscura, habría visto por las ventanillas las uniformes filas de casas blancas, cúbicas y minimalistas de los tugurios, aunque este nombre fuese solo ya de origen histórico. La pobreza, económica al menos, había sido erradicada décadas atrás. No había dolencia grave sin píldora que la curase. El analfabetismo y el desempleo también habían quedado en el pasado. Todo gracias a las reglas, las malditas reglas. Hoy tocaba el depósito, sin más. La cámara de vigilancia en el techo del vagón cambió de ángulo, como adivinando mis pensamientos insurgentes. En el vidrio translúcido me devolvió la mirada un hombre de treinta y pocos años, pelo castaño, barba descuidada, falta de sueño en los ojos y un lunar pequeño y discreto en el mentón.

— ¡Qué hecho mierda que estás, Domingo! — dije imitando a la asistente virtual. Mi reflejo sonrió.


La calle Torrevieja se extendía por solo trescientos metros en el centro histórico de la ciudad. A pesar de su brevedad, era célebre entre residentes y turistas por tratarse de una de esas pocas burbujas detenidas en el tiempo, resistiendo en una batalla contra la modernidad y su ejército de imposiciones. Los adoquines que la cubrían eran solo la prueba más evidente de este enfrentamiento. Encontrábase sobre esta calle ya la única librería de la ciudad. También el último cine, lugar caro a los afectos de los nostálgicos que preferían una proyección sobre tela a la estimulación directa del córtex visual. Rebuscando, podía uno encontrar en venta aparatos tan interesantes como obsoletos en las tiendas del lugar: televisores, radios, teléfonos celulares, y un largo etcétera de ejemplos similares.

Torrevieja terminaba en ambos extremos en callejones sin salida. Del lado sur, una bodega invitaba al vicio de antaño, ofreciendo variedad de bebidas y licores para quienes prefiriesen drogas del siglo pasado. Del lado norte, se encontraba el Café del Hidalgo, para quienes prefiriesen ejercer la resistencia con un buen torrado y un par de medialunas. Es importante este local, además de por su excelente latte, por tratarse del lugar donde la conocí.

Fue durante una mañana de fin de semana, como tantas otras. Engullía yo mi segunda medialuna con el apuro de quien no tiene nada más que hacer cuando la vi. Habrá estado allí quién sabe cuanto, pero solo entonces la noté, la descubrí. Alcanzaba a ver solo su cabellera larga de rizos cobrizos, y las delicadas manos con las que sostenía su lectura del día: un ejemplar ilustrado de “Cien Años de Soledad” ocultaba su rostro y alimentaba mi curiosidad. Me jugué.

— Normalmente te diría “buen día” pero no quisiera confundirte más de la cuenta.

Bajó apenas el libro y sus ojos verdes me miraron desde unos lentes redondeados. Me torturó por un momento su silencio, que rompió luego con una sonrisa. Suspiré aliviado, disimuladamente. ¿Son todos tus comentarios así de inteligentes? Me acercó una silla y antes de sentarme, siempre por dentro, ensayé la coreografía ridícula con la que solía celebrar mis logros más íntimos.

Hay conversaciones que enamoran; dudan de esto solo los impacientes y los decepcionados. En el vaivén de frases supimos reconocernos próximos, pero diferentes; ambos éramos algo retrógrados en nuestros gustos, como otras épocas, ¿cómo de otro modo se daría un encuentro de este tipo en un café? ¡Un café! La ineficiencia de conocer personas al azar, el peligro de interactuar sin conocidos en común, la incomodidad inicial y los silencios tan ásperos como innecesarios. En tiempos de aplicaciones de emparejamiento e inteligencia artificial, ¿a quién se le ocurriría conversar sin más, sino a un par de románticos sin remedio?

Hablamos de los libros que leíamos, esa placentera y pecaminosa forma de perder el tiempo que solo los ricos, los vagos y los locos disfrutaban en estos días. Tenía mucho más sentido, por supuesto, descargárselos directo al pensamiento que someterse al tedio de la lectura sensorial. Pero el hombre no es todo razón, ni todo sentido, o no debería serlo, o eso pensaría un par de hippies como los que compartían mesa por azar en aquel instante.

Hablamos tendido de esta manera de anacronismos varios: de la música que todavía escuchábamos, de las películas que todavía veíamos, de los dioses en los que todavía creíamos, de los sueños que olvidábamos sin querer al despertar y de lo torpes que todavía bailábamos, sin necesidad, al cerrar la puerta y sentirnos a salvo en la soledad. Pasaron horas y se hicieron días, no los recuerdo bien, a decir verdad.

La ligereza de su andar, la generosidad de su sonrisa y la ausencia de pretensión suyas me noquearon enseguida; desde entonces solo la seguía y le pedía que me dejase seguirla. A ella mal no le habré caído, no protestaba cuando lo hacía. Pero esta no es una historia de amor convencional, ni de finales felices ni de perdices. Lo fue, por el instante en que me supuse feliz, como si tal cosa fuera posible; lo fue hasta esta madrugada cuando la visité al salir del depósito.

Me recibió espléndida en un vestido de noche; la luz tenue, la música suave y las copas de vino eran como señales, mensajes codificados entre líneas para el lector aguzado. La seducción con clase es siempre sutil y ambigua en sus maneras; lo explícito la vuelva aburrida y ordinaria. Cayeron pronto las ropas y los muros internos que todavía quedaban, presas fáciles de las caricias y el deseo que habíamos acumulado; terminó, uno de nosotros. Aclarar cual de los dos sería martillar en la obviedad, más explícito sería chabacano. Basta decir que en ciertas ocasiones no es la meta lo primordial sino la carrera.

Podía haberlo hablado, lo sé. No es raro, la ansiedad, la persona nueva, cosas que pasan, lo vimos en clase; pero quemaba la vergüenza. Vergüenza de un proceso biológico, de una vulnerabilidad sicológica. ¡Si seré retrógrado en realidad! Me tomó la mano y se la aparté. Le di un beso en la frente sin mirarla, me vestí y salí de su departamento lo más rápido que pude.

Podía haberlo hablado, ¡que sí! Pero las palabras me juegan siempre a las escondidas en los peores momentos. Se ocultan, pícaras, detrás de un balbuceo nervioso o el sudor de las palmas de mis manos o detrás de otras que no son las adecuadas. Reaparecen, satisfechas, solo tiempo después en mis pensamientos al sentir un bolígrafo entre mis dedos.


El subte se detuvo en la última estación, coincidentemente mi destino. Se habían bajado antes ya la anciana estridente, el calvo dormilón y el gótico pervertido. Bajé a zancadas las escaleras de la estación y divisé a lo lejos el depósito con sus paredes de ladrillo visto, ventanas amplias y diez pisos de altura. Estaba rodeado de otros edificios similares, pero este era el mío, como rezaba el cartel luminoso que adornaba su entrada: D-5.

Fantaseé con escribirle, con disculparme, con intentar explicar lo evidente y sondear la profundidad de las consecuencia de mis errores. Quise pedirle que me esperase. ¡Egoísta hijo de puta!, que me espere… reí para mis adentros. El tiempo no perdona, me convencí. Ya no estaba en mis manos, estaba fuera de mi alcance, quedaba solo confiar en que los demás lo harían mejor. Abandoné el impulso.

Atravesé la puerta giratoria y me recibió el amplio vestíbulo, blanco de nuevo, atemporal de nuevo, del depósito. Llegué a la recepción donde aguardaba el mismo guardia de siempre, con los ojos cerrados mirando el noticiero sin mucha preocupación por sus labores.

— Diego Ocampos, ¿verdad?

Asentí, luego respondí afirmativamente en voz alta percatándome del inconveniente. Me dejó pasar. Llegué a la hilera de molinetes y apoyé la palma de mi mano en uno de ellos, que se desbloqueó enseguida. ¡Eh, Domingo!, y, ¿qué tal? Quise agachar la cabeza y simular demencia pero estábamos solos, ya era tarde, Lunes de mierda. Tres molinetes a mi izquierda esperaba parado un hombre parecido, de treinta y pocos años, pelo castaño, barba bien afeitada, ojos descansados y un lunar pequeño y discreto en el mentón.

— No va más con la Moni.
— ¿Qué carajos hiciste mal ahora, Domingo? Encima la venimos remando hace días.

No le respondí en voz alta, presioné mi sien derecha con el dedo índice e inicié con esto la transferencia de recuerdos. Seguí mi camino. Ahora estoy ya parado y tieso dentro de la cápsula, los tubos de alimentación y residuales en su lugar; siento el cosquilleo fresco del líquido amniótico subir por mis tobillos, mis pantorrillas, mis rodillas. La máscara de oxígeno me invita al descanso que tan urgentemente necesito, ya no quiero pensar en ella. Es en vano preocuparse de un futuro tan lejano; lo que será, será. Me tocará descubrirlo el próximo domingo, cuando sea nuevamente mi turno de dejar el depósito y ser, por un día, Diego Ocampos.